El Presidente y el Discurso Ético de los Chilenos (Por Marcel Thezá Manríquez)
Friday, July 8th, 2011

Las encuestas demuestran que las personas están irritadas por las desigualdades y su sentimiento de incertidumbre no está asociado a la percepción de que al país le vaya a ir mal a futuro en el plano económico, sino más bien al hecho de que los beneficios de ese eventual éxito van a seguir llegando a un grupo cada vez más limitado de personas. La decepción con el actual gobierno, por cierto entre otros factores, responde al sentimiento de que este proceso de desequilibrio social se ha ido agravando durante la actual gestión.
Las encuestas de opinión aparecidas en los últimos días y horas en nuestro país permiten inevitablemente lecturas diversas. La primera, que es la que habitualmente más interesa a los medios de comunicación dado su impacto inmediato, muestra drásticas cifras de desaprobación en relación al sistema de partidos, a las instituciones de la democracia, y particularmente al desempeño de un gobierno que formuló y desarrolló su discurso en torno a la idea de una nueva y mejor forma de conducción del Estado.
Observar las encuestas desde esta perspectiva ha implicado, en el último semestre, formular toda suerte de hipótesis y también conjeturas sobre las oscilaciones que tendrán a futuro los porcentajes de aprobación del Presidente y su gabinete y sobre los momentos y acontecimientos que pudiesen eventualmente permitir que esta tendencia pueda reorientarse hacia niveles más positivos.
Un segundo tipo de observación sobre las encuestas nos debiese obligar a mirar “más profundo y más lejos”, preguntándonos por qué en tan poco tiempo se ha producido este fenómeno de una desafección tan intensa con un gobierno elegido precisamente para restablecer un entusiasmo perdido en los últimos años de administración concertacionista.
Hay que buscar, por lo tanto, buenas explicaciones de este fenómeno, más que especular sobre los puntos que obtendrá el gobierno en las próximas mediciones, o bien sobre el futuro de los pre-candidatos presidenciales.
Me declaro uno más en la enorme lista de ignorantes con título que nos graduamos de las aulas universitarias en mi querido país. Pero gracias a mi afortunado recorrido por la educación pública y los buenos ejemplos de algunos amigos y maestros, soy capaz de distinguir entre aquellos lúcidos y eruditos intelectuales que nos iluminan de vez en cuando con sus sabias palabras y ácidos comentarios, de los manipuladores de cóctel que hurgan en su cartera las frases de salón que emplean para adornar la demagogia, o peor aun, para vestir de etiqueta sus deseos de poder e influencia.