Participación Protagónica Infanto Juvenil: Una Evidencia que Cuesta Asumir (Por Mireya del Río Barañao y Cynthia González)
“Se dice que un niño no tiene madurez. Pues bien, bonita cosa es la madurez. Un viejo de setenta años dice que un hombre de cuarenta no posee madurez. La gente de los países ricos dice que los países pobres carecen de madurez. Pues bien de la misma manera decimos que el niño carece de madurez. Y eso no es verdad: solo es una forma de oprimirlo”. Janusz Korczak
Hay algo que no cuadra en relación al impacto que el movimiento estudiantil ha generado en la sociedad chilena. Algo que, por ser una cuestión profundamente naturalizada, apenas asoma a los espíritus.
Un movimiento constituido por niños, niñas y jóvenes se ha convertido en el actor político principal en el país. Si, niñas, niños y jóvenes que en gran parte, por esta misma condición, no son ciudadanos, es decir, no tienen derecho a voto, no pueden postular a cargos de representación política y cuyas posibilidades de intervenir en los asuntos públicos es negada casi por completo desde la ley y la sociedad en su conjunto.
Hay un elemento muy insólito y contradictorio en esta situación: contrasta la solidez de los niños, niñas y jóvenes en sus argumentos, en sus procedimientos democráticos, en su creatividad, en su exigencia ética, en su protagonismo político, con la visión que impera de la niñez y la juventud y el estatuto social que les otorgamos.
Contrasta también esta solidez con la mediocridad con que el mundo adulto ha manejado los asuntos de la nación en los últimos años.
Es bastante irónico que justamente seamos estos adultos los que votamos y podamos acceder a cargos de representación política y que los niños, niñas y jóvenes estén excluidos por ley de estos derechos.
Es extraño también que junto a la admiración que estos niños y jóvenes han despertado en muchos adultos, muy pocos se extrañen de la flagrante exclusión y negación en que ellos se encuentran en la sociedad. Parece que esta asimetría está tan encarnada en cada uno de nosotros que no la podemos percibir e interrogar.
Cabe asombrarse por esta poderosa ficción que nos enceguece cuando nos representamos la infancia y la juventud, y a nosotros mismos los adultos en nuestra relación con ellos.
Ficción basada en un modelo ideal de infancia-juventud moderna, compartido por el conjunto de la sociedad, avalado incluso por la mayoría de las teorías científicas respecto al desarrollo evolutivo del niño, que representa la infancia y la adolescencia como una etapa de preparación para la vida adulta. Esta vida adulta es estimada como la única vida plena y a los niños, niñas y adolescentes se les considera seres vulnerables, incompletos, débiles, sin opinión ni competencias legítimas.
Esta relación niño débil- adulto fuerte, niño incompleto-adulto pleno, adulto ciudadano- niño reducido a la esfera privada, distorsiona la relación de protección y la relación educativa necesaria y fundamental entre adulto y niño y las asimila a las relaciones sociales de poder, manipulación, paternalismo, represión, trasmisión pasiva del conocimiento. La conciencia autoritaria, suficientemente instalada en la sociedad, contribuye a naturalizar el carácter de estas relaciones.
Se configura así un círculo afirmador(1) : si se atribuye a los niños, niñas y jóvenes una falta de competencia para participar en la toma de decisiones y en la elaboración del conocimiento se les considera vulnerables, necesitados de protección, objetos de enseñanza. Y por su necesidad de protección los adultos se consideran legitimados para tomar decisiones en su lugar. Negándoles poder su vulnerabilidad crece.
El que la infancia y la juventud no sean percibidas como un colectivo social que participa activamente en las cuestiones de interés público y privado configura también en ellos una autoimagen de insignificancia, de autocensura, de prescindibilidad.
Esta percepción es aun mas incongruente al considerar la realidad de los niños, niñas y jóvenes de sectores populares, los que en su gran mayoría, asumen responsabilidades adultas familiares y económicas, se exponen cotidianamente a situaciones de riesgo y desprotección, son padres y madres precozmente, viven en carne propia su responsabilidad ante la ley, realidades totalmente alejadas de la visión del niño, niña y joven protegido por su familia y el Estado. Son sin duda atentatorias a sus derechos las políticas inspiradas en esta visión que al intentar mejorar su protección niegan su ciudadanía, debilitan o no consideran su capacidad de enfrentar las dificultades.
Estas políticas se sitúan fundamentalmente en una postura de protección y provisión que se sustenta en el modelo ideal de un niño protegido y de una familia – a la que complementa el Estado en los aspectos y situaciones en que le corresponde- familia cuyas circunstancias sociales y económicas le permiten ser enteramente responsable de él y que viven por ende una constelación de poder adulto –niño diametralmente diferente a la de las familias populares.
La noción de infancia es una construcción social, no solo se refiere a un etapa humana natural de desarrollo, sino a un estatus determinado dentro de una estructura social. Esta varía en los diferentes contextos históricos y socioculturales y ha transitado desde la invisibilidad a la actual situación de objeto de protección. En otros contextos culturales la infancia goza de estatutos más activos e inclusivos como en las comunidades de nuestros pueblos originarios.
Con la llegada del siglo XX se produce una ruptura cualitativa sobre la idea de infancia, de la que la Convención Internacional de los Derechos del Niño es la expresión más relevante, surgiendo una visión nueva que se manifiesta en un reconocimiento progresivo de su especificidad y de su autonomía.
La Convención refleja una nueva imagen de la infancia que indudablemente tiene un valor histórico trascendental. Uno de los aportes de mayor importancia, es haber desnaturalizado todo intento de justificar la sumisión, el trato discriminatorio y la impunidad frente a la vejación de la dignidad infantil (2).
Es un acuerdo vigente que posibilita superar el estatuto actual de los niños, niñas y jóvenes con su reconocimiento como sujetos de derechos.
Sin embargo, subsisten todavía serias dificultades en el ámbito teórico-conceptual y en su aplicación en particular relativas al derecho a la participación protagónica, derechos reflejados particularmente en los artículos 12 al 16.
Con la modernidad, se operan cambios en la representación de los niños, niñas y jóvenes que entraban su autonomía. En efecto, a pesar de los avances reflejados en una actitud de mayor cuidado y de valorización a nivel familiar y social, el niño, la niña y el joven se transforman en un capital para el futuro en el que se depositan expectativas y esperanzas económicas, familiares y sociales que desencadenan una relación de cuidados y control, en torno a prescripciones, conceptos y técnicas para lograr una figura ideal de niño, niña y joven a los que se regula y encierra negándoles el protagonismo esencial para su propio desarrollo, inclusive en la construcción del conocimiento.
En definitiva, estamos fuertemente determinados por las representaciones sociales previas imperantes sobre la infancia y la juventud. En tanto representaciones sociales ellas confirman, respaldan, imponen como normales y necesarias las condiciones políticas, ideológicas, inconscientes que aseguran la reproducción de los procesos económicos. Las representaciones de la infancia y la juventud son un engranaje en el conjunto de los procesos de reproducción de una formación económico social dada.
Sin embargo, la propia naturaleza socialmente construida de estas representaciones sociales nos permite modificarlas ya que ellas son permeables al diálogo y la reflexión. Ellas no son completamente controlables y gozan de una autonomía relativa.
Pueden entonces redefinirse las relaciones que se dan producto de la discriminación basada en criterios de edad.
Las relaciones asimétricas que se establecen al interior de nuestra sociedad entre adultos y las nuevas generaciones pueden transformarse construyendo un espacio de convivencia en el cual la voz de este grupo social sea legítima y valorada como competente en su condición de ser humano y de actor social relevante.
¿Para cuándo entonces nos atreveremos, niños, jóvenes y adultos, a reclamar y construir avances concretos progresivos en la ciudadanía de jóvenes, niños y niñas?
El movimiento estudiantil nos permite augurar que comenzaran a visibilizarse en Chile, reformas como por ejemplo derecho a voto a más temprana edad, la creación de una institucionalidad que permita a niñas, niños y jóvenes organizarse legalmente, derecho a ser elegidos con cargos de representación pública.
Un gran avance puede lograrse mejorando la vida democrática en las escuelas, liceos y universidades.
Hoy día, lo esencial es adecuar la legislación chilena a los requerimientos de la Convención de los Derechos del Niño, recomendación realizada a nuestro país por el Comité de Derechos del Niño. Urge la reforma de la actual Ley de Menores con la promulgación de la Ley de Protección Integral de Derechos de la Infancia y la Adolescencia ya en trámite y la creación de la figura de un defensor independiente de la administración que promueva y proteja los derechos de niños, niñas y jóvenes.
Esta futura ley establece el concepto de protección integral prescrita por la Convención de los Derechos del Niño, que incluye el reconocimiento de “los niños como sujetos de derecho, con autonomía progresiva para ejercerlos de acuerdo a su edad y madurez, para participar en todo asunto que les afecte o sea de su interés en cualquier orden o ámbito de la vida nacional, y para asumir las responsabilidades que derivan del ejercicio de dichos derechos”(3).
Así también se espera que esta ley “regule específicamente ciertos derechos fundamentales y disponga de medios y dispositivos propios para que los niños y adolescentes puedan ejercerlos por sí mismos, en el caso de sus libertades personales, de conciencia, opinión y participación, los derechos a la identidad, a la vida privada e intimidad y todos los que reconocen la Constitución, la Convención de los Derechos del Niño y los demás tratados internacionales de derechos humanos en diversos ámbitos de su vida y quehacer”(4).
Los adultos enfrentamos la gran tarea de interrogar nuestra visión de la infancia-juventud, modificar nuestros patrones relacionales revisando en profundidad nuestras representaciones, privilegios y prácticas autoritarias y de manipulación.
Solo los avances democráticos garantizan el conjunto de los derechos.
Como señala Baratta(5) “es el ejercicio de los derechos políticos y de participación lo que condiciona y garantiza todos los demás derechos. Sin tener voz y acceso en el proceso de información, de comunicación, de decisión, en todas las esferas de la vida de la sociedad civil y del Estado, los sujetos y los grupos no podrían ejercer, en concreto, la necesaria influencia sobre las condiciones en que se ejercen sus derechos civiles, económicos, sociales y culturales”.
Citas:
(1)Gerison Lansdown citado por Manfred Liebel y Marta Martínez Muñoz “Entre protección y participación en Infancia y derechos humanos. Hacia una ciudadanía participante y protagónica”. IFEJANT Lima 2009.
(2)Alejandro Cussiánovich citado por Manfred Liebel y Marta Martínez Muñoz “Entre protección y participación en Infancia y derechos humanos. Hacia una ciudadanía participante y protagónica”. IFEJANT Lima 2009.
(3)Ideas matrices del Proyecto de Ley de Protección de Derechos de la Niñez y Adolescencia.
(4)Ideas matrices del Proyecto de ley Protección de derechos de la niñez y adolescencia.
(5)Citado por Yolanda Corona y María Morfin en “Diálogo de Saberes sobre participación infantil” Universidad Autónoma Metropolitana. México 2001.
Fotografía: Rede Mocoronga