¿Enemigos del Laicismo? (*) (Por Felipe Ossandon Saball)
En una entrevista publicada en La Nación, el día domingo 25 de abril pasado, el Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, Obispo Alejandro Goic, termina sus reflexiones haciendo referencia a aquellos que atacan a la Iglesia Católica, señalando “Quieren minar a la única autoridad moral en el mundo que sigue defendiendo valores esenciales”. En la misma entrevista culmina “la Iglesia en el siglo pasado se enfrentó al nazismo, al facismo y al comunismo; hoy está enfrentada al laicismo.”. Lo hace, evidentemente, al calor de los escándalos que hoy sacuden a la institución. Pero creo, modestamente, que comete un par de errores importantes.
El primero es confundir un debate sobre al proceder de la Iglesia como institución frente a las denuncias de abusos cometidos por algunos de sus miembros, con una discusión mucho más amplia, respecto al rol que en la vida pública deben tener las religiones en general. El segundo es entender al laicismo como una corriente antieclesiástica y a la Iglesia como única fuente de valores vigente.
El laicismo nace al calor de una sociedad que vive, desde el siglo XVI un doble proceso. Por un lado, el fuerte impulso del pensamiento racional y autónomo, que tiende a buscar en el ser humano las explicaciones que antes se reservaban a los dioses. Por el otro, el de sociedades particulares, como la nuestra, donde las migraciones de personas y de ideas, genera una creciente diversidad de credos y pensamientos que reclaman al Estado un trato igualitario y una “no intervención” en orden a imponer determinadas corrientes filosóficas o religiosas.
Este laicismo en nuestras tierras nace, entonces, como una reacción a la omnipresencia del catolicismo como única autoridad moral y pública válida y pretende, mediante el sostenimiento de un Estado neutro, la plena libertad para el ejercicio del culto. Pero ello no implica la represión del culto ni menos la ausencia de una moralidad común. Al contrario, la democracia, laica por esencia, intenta construir una moral y un conjunto de valores que sean universalizables y aplicables sin distinción religiosa alguna. ¿La Iglesia Católica ha sido fuente de dichos valores?. Si, en muchas ocasiones, pero está lejos de ser la única fuente válida.
El laicismo es más un debate respecto del rol del Estado que del rol de la Iglesia. Su antítesis no es la religión, sino el Estado clerical, cuyo resurgimiento podemos apreciar hoy claramente en las tensiones que dividen a los hijos de la medialuna. Prohibir las religiones (en plural) o reprimir la religiosidad es más propio de un Estado totalitario que de un Estado laico. Permitir el libre ejercicio de la fé, o de la ausencia de ella en un marco valórico de mínimos comunes es lo propio de una sociedad laica.
Las tensiones que hoy experimenta la Iglesia son comunes a otras instituciones que han optado por la defensa corporativa como mecanismo para tratar las faltas de sus miembros. Gran parte del desprestigio de los partidos políticos en nuestras sociedades se origina en similar proceder. Y la falta de legitimidad de dichas prácticas, en la institución que sea no debe llevarnos a la desazón, sino a cierta satisfacción, en tanto es la certeza del Estado de Derecho y la Igualdad ante la Ley la que se impone. El giro que experimenta la Iglesia Católica en estas décadas tendrá que ver entonces con ponerse al día con una sociedad democrática, no sólo en la generación de sus autoridades, sino que especialmente en su vocación de justicia.
Y para hacerlo, tendrá que descubrir en el diálogo con otras visiones de mundo su nueva riqueza. Tendrá que descubrir que sí es posible la construcción de valores comunes a partir de la dignidad humana sin la necesidad de rechazar a quienes piensan distinto. Tendrá que entender, como muchos hemos ido entendiendo, que la diferencia puede ser fuente de comunidad y de cohesión.
Cuando Goic destaca la lucha contra el fascismo y el comunismo, se refiere a modelos políticos que intentaban imponer una moral común desde el aparato estatal, saltándose la construcción democrática de dicha moral. Se refiere a modelos donde la clausura era la respuesta al disenso. No tiene sentido, entonces, oponer a esas experiencias una voluntad similar.
No quiero descontextualizar, no creo que el ánimo del obispo sea establecer un estado de ayatolas ni nada parecido. Tampoco creo que esté en su mente volver a los registros parroquiales o la guerra de los cementerios, para buscar ejemplos más locales. Pero si me llama la atención el temor profundamente acendrado que le produce el laicismo, en una sociedad donde el reclamo del librepensamiento ha hecho poco a poco su paulatino desprendimiento del fanatismo y ha buscado también, formas de convivencia con el mundo de la fe.
Al parecer la sociedad chilena es más sana en su relación con la Iglesia Católica que lo que la propia Iglesia puede percibir. Esta vez le toca a la Iglesia aprender.
Publicado también en elquintopoder.cl
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