Columnista Invitado: De Dápicos, Autoestima y Flojera, Pistas para Rearticular la Oposición (Por Carlos Albornoz*)
Chile es un país de figurones. De gente que necesita permanentemente ser confirmada en su valía personal. En jerga sicológica post racional se les conoce como los dápicos. Los dápicos son individuos cuyo sentido de sí mismo se construye a partir del juicio y las expectativas de los otros. En cada instante, el individuo dápico se forma una imagen precisa y definida de sí mismo de acuerdo a las conductas y actitudes de los otros hacia él. Estas personas no definen sus estados internos por criterios que ellos controlan. Si bien el terapeuta italiano Vittorio Guidano, además del dápico, definió otras 3 estructuras de personalidad, estimo que en Chile más de la mitad de los habitantes somos dápicos. Es decir, nos gusta la aprobación de otros, evitamos el fracaso a toda costa, y buscamos patéticamente el aplauso del grupo.
Tres causas me vienen a la mente para explicar por qué Chile es un país de dápicos: por un lado, haber sido un país sin riquezas al cual, durante la conquista española, solo quería venir una elite de segunda categoría. Ello generó condiciones para que llegara gente que necesitaba confirmar su estatus de “elite”. Lo dice el refrán popular, “no hay peor piojo que el piojo resucitado”. Por otro lado, un país donde la clase comerciante, los vascos, fueron la clase que ganó los espacios de poder. El vendedor, por definición, necesita proyectar una imagen positiva, segura, alegre. Finalmente, la baja autoestima es más frecuente en los países aislados. Así como los griegos y el sur de Italia, Chile es un país que queda lejos y las visitas son poco frecuentes. Dado que tenemos menos oportunidades de compararnos, el benchmarking es esporádico y nunca estamos seguros si lo que hacemos es de nivel mundial. Por algo no perdemos oportunidad de preguntar cómo se ve Chile desde afuera cuando vemos un extranjero. Los celulares de palo, los carritos de supermercado, la obsesión por las marcas, son signos de “dapiquez nacional”. Durante la colonia, algunas familias cerraban puertas y ventanas por semanas para luego decir que habían pasado una temporada en París, cuando en verdad habían estado encerrados. Aparentar ha sido históricamente parte del alma nacional. Que no nos extrañe el clasismo y la obsesión aspiracional del chileno.
Nuestra alma dápica tiene que ver con las dificultades de la oposición para rearticularse. El dápico poco evolucionado es figurón, centro de mesa, y le cuesta darle la cara al fracaso. Necesita culpar a otro por sus errores porque reconocer que ha fracasado le hace sentir muy mal. Los dápicos se sienten permanentemente responsables del éxito del grupo y cuesta armar proyectos colectivos con ellos. Se sienten salvadores, ven en el liderazgo la oportunidad de recibir aplausos para alimentar la autoestima. Fantasean viéndose a sí mismos en los libros de historia como los articuladores de un proceso vital en el desarrollo del país. Al dápico le cuesta seguir a otros porque ven en eso una oportunidad menos de recibir reconocimiento. Por algo hay tanto chaquetero en Chile. Cuando la autoestima es baja, la envidia inunda.
Ahora bien, no solo con reflexión se gana en política. También hay que hacer la pega. En la universidad había un axioma básico entre dirigentes estudiantiles: el que tiene los centros de alumnos gana la federación. En el contexto nacional es parecido, el que tiene los municipios gana la elección. Aunque la correlación municipales-presidenciales puede no ser directa. La cercanía con la gente, la capacidad de movilizar vecinos, y el conocimiento del territorio, juegan un rol fundamental para inyectar pasión a una coalición política. Al igual que en la federación de estudiantes, donde la política se jugaba en los pasillos de cada escuela, en el contexto nacional, la política se juega en la sede, el lienzo, el aniversario, el campeonato, en la calle. Así lo han comprobado todos los que han consolidado una votación. Así lo vi mientras trabajé junto al diputado Montes en la Florida. Así lo hizo la UDI.
Los líderes de la oposición deben estar más al servicio de los intereses del pueblo y menos al servicio de su falta de autoestima. Reconstruir requiere más trabajo. Requiere que aquellos que fantasean con el clamor popular dejen de sentirse responsables de conducir el proceso, dejen de soñar que los van a buscar para convertirse en presidentes y, al menos mientras se reencuentra el discurso, vuelvan a la población a escuchar más y hablar menos.
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