Cambios al Sistema Electoral en Chile: El Dilema entre la Voluntariedad y la Obligatoriedad (Por Marcel Théza)
El debate sobre la necesidad de un aggiornamiento de fondo de nuestro sistema electoral es antiguo. En él las variables de legitimidad, funcionalidad y tradición, se han mezclado permanentemente con el sentimiento de que al final ningún momento es el oportuno y adecuado cuando se requiere reformar algo que implique cambio de reglas e inseguridad para quienes habitualmente se benefician de sistemas excluyentes. Esto vale, por cierto, para todo tipo de reformas.
Sin embargo, este debate ha retomado actualidad y vigencia gracias al nuevo proyecto que promueve la inscripción automática y el voto voluntario. Y si bien las distintas alternativas de inscripción y voto ya habían sido objeto de otras propuestas de ley en el pasado, la novedad de este nuevo impulso es que hoy pareciera haber más posibilidades de cambiar el sistema dada la posición favorable de al menos una parte de la derecha.
Frente a este nuevo contexto, nadie podría dudar que ésta sea una buena noticia, sobre todo porque la argumentación a favor de un cambio de este tipo podría servir para toda medida que se oriente a mejorar la calidad de la democracia. Es así como, por ejemplo, también se ha repuesto en la agenda la iniciativa relativa al voto de los chilenos en el exterior.
Sin embargo, si el objetivo de la reforma es efectivamente mejorar la calidad de la democracia para que todos y cada uno de los integrantes de la sociedad participen de acuerdo a sus respectivos intereses y motivaciones en la construcción de un ethos común, la idea de una inscripción automática y de un voto voluntario requiere de una reflexión mayor.
Propongo que esta reflexión la realicemos partiendo del hecho de que el gran problema de la democracia es “la desigualdad”. Este es un problema en el mundo, pero es un problema aún mucho más grave en América latina y particularmente en Chile. Es así que innumerables investigaciones demuestran que la capacidad de influencia y representación política se está orientando dramáticamente a favor de los ciudadanos más privilegiados (altos ingresos, mejor educación, etc.) y que son particularmente ellos quienes evidencian una mayor concurrencia al sistema democrático a través del voto. Cada vez es más evidente la relación entre el nivel socioeconómico, la participación, el acto de votar y la adhesión a la democracia.
Si entendemos que éste es el problema clave de nuestra democracia, la inscripción automática y el voto voluntario apuntan, entonces, en direcciones totalmente distintas.
La inscripción automática es la materialización práctica de un derecho, por lo tanto sólo puede ser aplaudida. Resulta evidente que un joven al cumplir 18 años por el solo hecho de lograr su mayoría de edad (pudiendo ser 16 años a futuro) quede inmediatamente habilitado para participar en todos los eventos electorales, sin que intervenga ningún acto burocrático especial, a no ser el trámite de domiciliación que tendrá que ser responsabilidad del registro civil. Por lo tanto, con esta medida se consagra un derecho y se pone en igualdad de condición a todos los ciudadanos.
Este desenlace virtuoso no es el mismo cuando pasamos a la condición del voto (voluntario u obligatorio). Sólo el voto obligatorio tiene en los distintos sistemas electorales la capacidad de disminuir la brecha entre los votantes más ricos y los votantes más pobres. En aquellos países donde el voto es obligatorio mejoran los indicadores de igualdad y aumenta la inclusión de las preocupaciones electorales de los sectores más pobres. Recodemos que el voto obligatorio fue establecido justamente para proteger los derechos políticos de los más pobres. Esto permitió, entre otras cosas, tener en el caso de los países europeos sociedades más igualitarias y más participativas.
Si la derecha chilena , o un sector de ella, está dispuesta a cambiar el sistema electoral , por cierto sólo a condición de que el voto sea voluntario, es porque tienen la certeza de que en ese escenario seguirá votando un sector reducido de la sociedad, donde no van a estar los pobres y donde tampoco van a estar los jóvenes.
Por cierto, para algunos éste no es un problema. Tener un modelo de sociedad despolitizado, desigual, donde participa y vota poca gente, donde los derechos y las obligaciones están asociados a la dimensión individual y no a la dimensión colectiva, resulta incluso normal. El principio de la libertad es aplicado de manera radical y podríamos preguntarnos si el día de mañana también será aplicado a la obligación de pagar impuestos.
Quienes argumentamos a favor de la obligatoriedad no nos oponemos por ello el ejercicio de la libertad. Abogar a favor de la obligatoriedad es abogar a favor de la igualdad efectiva de los ciudadanos, es abogar a favor de un sistema más incluyente, es abogar a favor de una ciudadanía donde derechos y obligaciones tengan una relación más equilibrada. En síntesis, es poner a todos los ciudadanos en condición de igualdad frente a la responsabilidad de vivir en sociedad.
Nota: Para mayores antecedentes sobre el tema, adjunto link con un artículo que detalla los efectos del voto en países con sistema obligatorio y voluntario, visitar:
http://dialnet.unirioja.es/servlet/oaiart?codigo=2256124
Crédito Fotografía: “Contraluz”. Bajo Licencia Creative Commons. Disponible en Fotolibre.net
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January 8th, 2009 at 12:56 am
Contradictorias resultan las propuestas, a lo menos. La inscripción automática es un hecho que probablemente ya nadie discute. ¿Cuántos miles de jóvenes no están inscritos hoy día? Nadie sabe como se comportarían en un escenario en el cual pudieran votar libremente. Los partidos políticos están temerosos, al no saber si cuentan o no con ese voto. Igual cosa con el voto de los residentes en el extranjero. Han aparecido muchos opositores al voto en el extranjero, con razones tales como que no estarían al tanto de la realidad social, económica y política del país. ¡Absurdo! ¿Acaso la gran mayoría de los votantes se informa profundamente de los programas propuestos por los candidatos?
En cuanto a la condición del voto, debe ser voluntario. No tengamos miedo a la libertad, demostremos confianza en nuestros ciudadanos. No tratemos al votante como si fuera un niño. El ejercicio de la libertad, también pasa por la libertad de votar… o no votar… Dejemos el temor de lado…
January 9th, 2009 at 5:29 pm
Estimado Marcel:
Te felicito por tu artículo, ya que plantea un tema de gran importancia para las democracias actuales.
Considero que la misma historia del acceso al voto ha sido un largo recorrido para “incluir” o reconocer la participación de las clases más bajas, las mujeres y por qué no decirlo, el incipiente debate sobre la “mayoría de edad” y la necesidad de promover un sistema de voto infantil o familiar con el objetivo de aumentar las formas de presión de los grupos sociales infanto-juveniles y las familias con hijas e hijos a cargo. Por lo tanto, es cierto que ha costado -y sigue costando- el ejercicio de este derecho no sólo para la juventud e infancia, por ejemplo el dabate sobre la ciudadanía de las comunidades inmigrantes plantean este debate también en Estados Unidos y Europa.
Pero, de fondo hay un tema que se deja entrever en las sociedades con voto voluntario, y es la creciente deslegitimidad de los sistemas democráticos representativos, que no participativos. Cada vez más, las autoridades y los partidos políticos se muestran lejos de los intereses de la gente, por decirlo de un modo simple. Esto demuestra que, el problema no es tanto los mecanismos de voto, sino ampliar otros mecanismos de participación política para todos los sectores de la sociedad en proyectos políticos que realmente canalicen los intereses y sueños de las personas, y no sólo la gestión de la riqueza como ocurre actualmente.
Saludos,