Más Política o Menos Política: La Querella entre Republicanos y Liberales (Por Marcel Théza)

Occidente en su conjunto ha experimentado en las últimas décadas transformaciones sociales, políticas, económicas y culturales de una gran magnitud. Chile, como lo demuestran los variados estudios que han sido realizados para observar el comportamiento de nuestra sociedad frente a este contexto de cambios, no se ha apartado de este marco general. Nuestro país ha sido, por el contrario, un buen ejemplo al momento de identificar territorios donde este fenómeno ha tenido una expresión más radical y más evidente.

Si ponemos atención exclusivamente en el dominio de los valores, lo que veremos es que aquellos símbolos tradicionales que en el pasado permitían comprender la vida en sociedad y que favorecían, por lo tanto, la construcción de una imagen compartida de ésta, hoy se ven sometidos a un debilitamiento que desdibuja la idea de “lo público” y empuja a las personas a buscar su desarrollo, su felicidad y el despliegue de sus intereses individuales en el espacio que habitualmente denominamos como “privado”.

Frente a ya varios años de diagnóstico sobre este tema, una pregunta urgente debiese ser: ¿Cómo ha reaccionado la actividad política chilena?, ¿qué efectos ha tenido este fenómeno sobre el discurso político, la práctica política, la elaboración de la política pública y la promesa del contrato social?

Para intentar responder esta pegunta es necesario recordar que Chile tuvo históricamente una tradición autoritaria que caracterizó su sistema político; esto explica que la estabilidad simbólica de esta concepción de la vida en sociedad se apoyase en democracias limitadas y restrictivas. Si a eso le sumamos el hecho de que hoy en día la democracia es concebida, por algunos, como un “mercado político”, lo que nos queda es una sociedad asimétricamente despolitizada (porque los grupos de interés importantes sí participan del juego político), con temor al conflicto y que deja sobre los hombros y la conciencia de los actores institucionales toda la responsabilidad al momento de tomar decisiones que tendrán efecto sobre el conjunto de una comunidad deliberadamente infantilizada.

Si volvemos a las preguntas que hemos propuesto, hay que afirmar que es evidente la distinción que se crea – a pesar de todos los llamados a la no distinción – entre aquellos para quienes no constituye un problema tener una sociedad desmovilizada y con una democracia sostenidas por las elites profesionales, frente a quienes afirman que, por el contrario, la responsabilidad cívica, la participación y el fortalecimiento de la asociatividad son condiciones fundamentales que dan sentido a la existencia de un sistema democrático y que garantizan – en el largo plazo – una efectiva gobernabilidad. 

Para los primeros, quienes caen bajo el sello de un liberalismo no plenamente definido, no necesariamente declarado y que no es sólo patrimonio de la derecha chilena, el propio comportamiento individualista de la sociedad legitimaría el no tener que obligar a las personas a preocuparse de cosas aburridas, complejas y opacas como es la política. Para los segundos, que ocupan fundamentalmente el campo del denominado republicanismo, los síntomas que evidencian las transformaciones valóricas en Chile y el mundo, son precisamente un dramático ejemplo de una actividad política que permitió que la esfera de la voluntad fuese remplazada por la esfera de la racionalidad económica; poniendo, de esta forma, al mercado como regulador de la vida de las personas y transformando a los ciudadanos en simples  consumidores.

Un buen ejemplo de esta distinción ha sido el ya largo debate sobre el sistema electoral en Chile: voto obligatorio o voto voluntario. Para defender el voto voluntario se argumenta – bajo una lógica liberal - que nadie puede estar obligado a sufragar, siendo aquello una materia de decisión personal. Siguiendo esta lógica, podríamos pensar que reconocer el estado de derecho, respetar las leyes o pagar impuestos también cae dentro del campo de las decisiones personales. Lo que esta argumentación esconde es que en el mundo voto voluntario es sinónimo no sólo de baja participación, sino de participación desigual, ya que los sectores más ricos siguen votando y son los pobres los que fundamentalmente se distancian del sistema democrático; es decir, una nueva forma de voto censitario.

En rigor, los denominados liberales son herederos de una tradición que nunca se desarrolló adecuadamente en América latina. De esta doctrina, lo que hemos conocido o es bien el liberalismo conservador de Burke o el neoliberalismo de Chicago; por el contrario, el liberalismo social tipo Rawls que puso tradicionalmente al Estado como factor de integración clave y fundamental, si bien es cierto que aparece en las columnas de algunos prestigiosos académicos, inexplicablemente no es fuente de referencia de quienes se definen como políticamente liberales en Chile.

Para ser justos, es necesario decir que el republicanismo tampoco tuvo un desarrollo pleno, y que así como en el pasado se estrelló frente a un desarrollo institucional marcado en América Latina por el clientelismo paternalista y autoritario, hoy se enfrenta a las críticas que relevan sus características normativas y homogeneizantes.            
       
No obstante aquello, es fundamental que en Chile esta controversia se formalice y se debata. Para fortalecer la democracia hay que repolitizar la sociedad chilena. Digamos que esta tarea será mucho más difícil si queda exclusivamente en las manos de aquellos que – como extraña paradoja - practican desde la política un escepticismo vital frente a la misma política.  

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