El “Orden” Cultural o lo Bueno, lo Malo y lo Feo de Morricone en Chile (Por Vladimir Ovando)

Quizás uno de los signos más destacados del desarrollo en muchos países del mundo sea su desarrollo cultural.  Y éste, entendido como la posibilidad de desplegar una gama amplia de expresiones artísticas y culturales, desde distintos sectores de la sociedad. Tanto es así, que en muchos casos, los países destinan importantes esfuerzos de gestión e invierten importantes de recursos, tanto en la  creación, rescate,  como en la difusión cultural, para y con sus pueblos. Demás está mencionar, quienes llevan un importante campo avanzado en ese sentido.

Sin querer extrapolar demasiado el tema, a otros continentes y hemisferios, en nuestra realidad latinoamericana  hay significativos esfuerzos, que no podemos perder de vista, y que de alguna forma se la han jugado o han apostado de alguna forma por este esfuerzo.

Ahora, uds. se preguntarán, por qué traigo el tema a la mesa y por qué quiero aterrizarlo a nuestra realidad país, por una razón muy  simple y muy reciente. Desde hace un par de semanas, se ha anunciado y difundido la realización de un par de conciertos gratuitos del compositor Ennio Morriconne en nuestra ciudad de Santiago de Chile. Morriconne, es un autor ampliamente reconocido, por obras musicales que han dado un sello particular a una serie de películas, que hoy ya son de culto y muy conocidas por todos.

La posibilidad de  dicha presentación, de debe a la gestión de entidades privadas que han querido otorgar la oportunidad a los habitantes de la capital, de poder disfrutar del trabajo del autor y del selecto grupo de músicos que le acompañan desde el extranjero, como de nivel nacional.

La posibilidad de acceso a los boletos de entradas a sus dos presentaciones, se ofrecieron por Internet y por retiro directo en boletería en el Centro Cultural Estación Mapocho de nuestra ciudad.

A esta altura, se preguntarán cual es el punto de esta columna, y les anticipo que no se trata en nada de una crítica a la falta de entradas, para una concierto masivo de mayor envergadura o  de la falta de difusón para una actividad como ésta. El punto es otro.

Durante la mañana del sábado recién pasado, cuando de repartían al público las entradas para el segundo concierto, una vez agotadas la entradas proporcionadas por la empresa privada que hizo posible la presentación del autor mencionado, se produjeron expresiones de descontento y frustración de las personas que llevan horas tratando de conseguir un ticket   para acceder a la presentación, lo que llevó a las fuerzas de orden público a intervenir para “calmar la situación”.

Y éste, es el punto o razón de la presente crónica. No puede ser, insisto, no puede ser que la fuerza pública actué con tal desmedida fuerza “tratando de imponer el orden” respecto de ciudadanos que reclamaban por la posibilidad de apreciar el trabajote un autor que pocas veces se ha presentado en el país.

No se trataba, bajo ningún término,  de una acción violenta de la ciudadanía que llevara siquiera a pensar en un Mayo 68, en una protesta popular tipo años ochenta, ni nada por el estilo; que ojo, tampoco a mi juicio justifica el maltrato respecto a personas que se  quieren manifestar, por una expresión determinada.

El tema, desde mi opinión,  es más de fondo aún, y tiene que ver con a lo menos dos cosas:

La primera, la demanda que tenemos como habitantes de éste país por acceder a expresiones artísticas de calidad, de manera regular, como derecho básico, o si se quiere como condición mínima, que permita complementar no sólo el “desarrollismo económico” que ha alcanzado Chile por más de treinta años; sino también como posibilidad de desarrollo social y cultural que éste país merece.
Luego de los hechos del sábado recién pasado, sólo puedo sospechar que existe la necesidad de acceder a otro tipos de expresiones artístico culturales, que no necesariamente sean lo que nos reparten a granel por los medios de comunicación masivo. Que por lo demás es de muy mala calidad, en general.

En ese sentido, no se hace comprensible, que las fuerzas de orden y seguridad maltraten a la gente, de la manera que lo hizo, como si se tratara de una situación que pone en peligro la gobernabilidad o la cohesión social del país. Esa intervención habla, en el fondo, de un modo de proceder institucionalizado de parte de carabineros, que no distingue una realidad de otra;  y eso es lo preocupante.

Quiero volver a insistir en el hecho que la gente que hizo larga filas, por horas, estaba pidiendo la posibilidad de ver y escuchar un espectáculo, y no estaban ni saqueando, ni echando abajo las instituciones que hoy rigen al país. La respuesta debe ser de otro calibre y de otra envergadura.

Lo que se manifestó en esa mañana es el deseo de acceder, es la necesidad de disfrutar, es la posibilidad conocer, es la posibilidad de gozar, de algo que en muchos otros rincones del planeta es un ejercicio ciudadano habitual. Lo que se reprimió y castigo esa mañana fue la manifestación de descontento frente la no posibilidad de acceder, disfrutar, conocer y gozar; y eso es lo preocupante; es decir no puedo acceder y además me llevo un mal recuerdo para la casa.

Lo segundo, tiene que ver con dos cosas. Si bien, el esfuerzo de traer al autor a Chile es iniciativa del mundo privado, hacen falta  mayores esfuerzos mancomunados entre el mundo público y privado por llevar adelante iniciativas de ese orden, para la ciudadanía en general y también para los habitantes de regiones del país.  Si bien, en el país se desarrollan con gran esfuerzo acciones en ese orden, en su mayoría de escala menor, debe ser tarea habitual del Ministerio de Cultura, el propender a superar el “eventismo cultural” que se lleva adelante a propósito de próximas campañas electorales.

Por otro lado, y finalmente quepa la reflexión, de cuan alejados estamos de lograr el desarrollo o equilibrio económico, social y cultural que desparramamos discursivamente. Chile es hoy un país, al cual le llueven todos los meses presentaciones de innumerables artistas de distinta índole, promocionados por grandes productoras y que son posibles de acceder gracias a la tarjeta de crédito que más de 12 millones de chilenos poseen; sin embargo, ello no es garantía social de acceso ni de diversidad cultural para todos. Tarea pendiente, para un país que juega a ser un país en desarrollo.

Otros artículos de Vladimir Ovando: ¿Y el Segundo Tiempo de las Políticas Sociales, en el Gobierno de Bachelet? ; Otra Mirada desde el Puente (Parte 3/3) ; Otra Mirada desde el Puente (Parte 2/3)

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