El Fenómeno Migratorio y sus Alcances como Política Pública (4/4) (Por Claudia Hernández C.)
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Ver Parte 3)
El tener en cuenta una política pública en torno a las migraciones requiere como fundamento un adecuado diagnóstico. Ello se logra manteniendo una base estadística estatal y desarrollando estudios serios que den cuenta del impacto real de las migraciones en los países. Las estadísticas fijan la cantidad de población extranjera que vive en un país, su lugar de residencia, su origen y las actividades que desarrollan. Los estudios permiten conocer el impacto que la inmigración tiene en los mercados laborales, en la demanda de los servicios sociales, en los índices de delincuencia y otros aspectos que parezcan relevantes. Sin un adecuado diagnóstico, las políticas que se establezcan corren el serio riesgo de no solucionar efectivamente los problemas existentes y de utilizar instrumentos poco efectivos.
En lo que respecta al temor de que los migrantes desgastan a los servicios públicos y sus sistemas de asistencia social, el contar con políticas integradoras que los contemplen como beneficiarios del sistema permitirá transparentar dicho gasto al estar contemplados en los procesos presupuestarios. Así también establecerá las reglas del juego y desmitificará el discurso que la seguridad social está siendo colapsada por los inmigrantes.
En relación con los principios que deben inspirar una política pública encargada del fenómeno migratorio, es necesario establecer que ellos deben tener como base la protección de los derechos humanos de los migrantes, cuestión que no implica sólo un deber moral sino que también permite abordar con pragmatismo una serie de aspectos vinculados a la migración y por ende delimitar y dar el tratamiento necesario a la cuestión de la soberanía del Estado en el marco del ejercicio del gobierno democrático.
El reto que significa la inmigración hoy en día, no sólo es para los Estados europeos, insertos en una comunidad económica que ha liberado sus fronteras en esta área sino también para aquellas regiones y países de origen de los inmigrantes cuyas diferencias económicas con los primeros son abismantes. A los Estados europeos, que se han transformado en los Estados receptores, el reto en primer lugar requiere de nivelar y consensuar criterios mínimos de integración de los inmigrantes y generar un proceso participativo y no impositivo (de las economías mayoritarias) en torno a establecer una política migratoria para la Unión Europea que a su vez flexibilice el tratamiento en cada país miembro. En cambio, para los países generadores de inmigrantes el reto es aún mayor, por cuanto es doble: por un lado debe preocuparse de generar las condiciones macro y micro económicas que permitan tener mejores distribuciones de sus ingresos y por tanto disminuir la pobreza y la desigualdad y por otro debe incorporar en sus agendas gubernativas esta problemática en el entendido que puede transformarse en Estado receptor y por ende, debe contar con un instrumento que le permita vincular al Estado con la sociedad ya no sólo desde la perspectiva de que la población emigra, sino que es sujeto de población inmigrante que sin duda va generar modificaciones en sus sistemas económicos, sociales y políticos y por tanto no puede ir un paso atrás de los países desarrollados pues la integración y los derechos humanos son cuestiones universales que afectan a los Estados por igual.
Finalmente avanzar hacia una eficiente gobernabilidad del fenómeno de la inmigración implica, -considerando lo señalado-, contemplar las tres perspectivas de política: la relativa al control y seguridad, la relativa a derechos humanos del migrante y de sus familias y aquella que promueve el desarrollo en el país de destino de los migrantes sin exclusión.
Sin duda lo más problemático y difícil de abordar será la conducta de la sociedad civil en torno a reafirmar su identidad étnico – cultural, como una forma de hacer frente al proceso de globalización, toda vez que esta conducta aparece como una defensa natural y espontánea frente a la creciente uniformidad de la cultura, principalmente a través de los medios de comunicación. El desafío no está en explotar la uniformidad como valor sino en asumir la diversidad como un valor esencial que permite no sólo diferenciarnos sino complementarnos.
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