“Remuneración Justa”: ¿Ecuación económica, deber ético o derecho humano? (Por Héctor Arenas)
El resultado de la última encuesta CASEN es lapidario: un gran porcentaje de los trabajadores chilenos reciben como remuneración mensual menos del sueldo mínimo. Esta cifra viene a coronar la discusión abierta por la iglesia católica chilena a través del Obispo Goic en torno a la necesidad de generar un consenso país para establecer un sueldo ético como base de la retribución económica que las empresas deben pagar a los trabajadores.
Una de las primeras reacciones a la propuesta, descalificación incluida, adujo razones, dogmas, de la ciencia económica para rechazarla. De acuerdo a lo planteado un aumento del sueldo mínimo hasta uno ético rompe los equilibrios micro y macroeconómicos, desestabiliza la base productiva y genera incertidumbre en la inversión. Claro está que en el modelo de economía de mercado imperante en el país y en la ciencia económica que lo respalda el argumento es verdadero en la demostración matemática.
No obstante, la propuesta del obispo y la preocupación de la iglesia no se funda en la ecuación sino en la justicia, específicamente en la justicia distributiva. Así como la pobreza genera un círculo vicioso estanco, la riqueza produce un círculo virtuoso dinámico, que le permite generar mejores y mayores condiciones para quienes la poseen. La única posibilidad de estrechar la brecha entre aquellos pocos que obtienen mucho y esos muchos que obtienen poco de los resultados del quehacer económico es repartir de forma más equitativa sus beneficios y que mejor forma que hacerlo en la base de la relación económica entre los trabajadores y el capital: la retribución del trabajo.
Por muy alejada de la base algebraica de la ciencia económica que este la propuesta del sueldo ético, esta recoge una larga tradición de la iglesia sistematizada en lo que se ha definido como Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Ella recoge sus fundamentos desde las enseñanzas bíblicas: “no explotarás al jornalero humilde y pobre, ya sea uno de tus hermanos o un forastero que reside dentro de tus puertas. Le darás cada día su salario, sin dejar que el sol se ponga sobre esta deuda; porque es pobre, y, para vivir necesita de su salario, así no apelará por ello a Yahvé contra ti, y no te cargarás con un pecado” (Deut. 24, 14-15). Y alcanza la situación de los tiempos y condiciones del cambio de siglo a través de las llamadas Encíclicas Sociales. Juan Pablo II pública en 1981 Laborem Excersens, Encíclica dedicada al trabajo y que establece, entre otras propuestas:
a) El justo salario: defensa del salario y las condiciones de trabajo ante la explotación del trabajador por el capital.
b) Legislación laboral: las leyes deben definir el salario mínimo, realmente suficiente para una existencia digna.
c) Existencia del sindicato: la institución fundamental para lograr condiciones de trabajo y vida justas es el sindicato.
Por último el sueldo ético no sólo descansa en el deber de hacer el bien, sino en la voluntad personal y social de promover y profundizar el respeto de los derechos humanos. Desde la promulgación misma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se estableció en ella los derechos civiles y políticos y los derechos económicos, sociales y culturales. De más está referir detalles de la profunda herida que tenemos como país respecto al atropello a los primeros y del camino recorrido, y por recorrer, por su promoción, respeto y defensa. Por tanto la enseñanza debe guiarnos en el camino de reconocer, promover y defender los segundos.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos destaca que todos ellos son igualmente importantes, son indivisibles y son interdependientes. No hay derechos humanos de primera o segunda generación, hay derechos humanos que sustentan la dignidad humana. En esta perspectiva las Naciones Unidas promulgaron en 1966 el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, el que Chile ratificó en 1989 obligándose a cumplirlo.
Entre los derechos consagrados en este Pacto está el de sindicalización, huelga, protección social, vivienda, salud física y mental, educación, participación en la vida cultural y a una remuneración que proporcione a todos los trabajadores y a sus familias condiciones de existencia dignas.
Lo contrario, mantener la realidad develada por la Casen, es no escuchar las miles de voces que claman al cielo por un sueldo digno y, peor aun, seguir violando los derechos humanos.
(Volver a la Portada)